viernes, 9 de enero de 2015

Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar


Situado en las cercanías de la muerte, el emperador Adriano —considerado uno de los «cinco emperadores buenos» en la historia del imperio romano— rememora su vida a través de una supuesta carta dirigida a su nieto adoptivo Marco Aurelio. En ella desnuda su vida sin ambages comenzando por las enfermedades que lo aquejan a sus sesenta años, los males que un hombre puede ir acumulando en el cuerpo sin importar su investidura púrpura de emperador, y poco a poco lanza una sonda extensa y directa hasta los primeros años de su vida, cuando su abuelo, proclive a leer los astros, le profetiza que será emperador. Así Yourcenar se adentra en la reconstrucción de la vida de un hombre que bien pudo haber alcanzado la máxima sabiduría que puede alcanzar un ser humano corriente, recorre su juventud militar a la par de su creciente amor por la literatura y cultura griegas, las trampas de muerte que le tiende uno de sus propios familiares y que siempre consigue sortear, los triunfos y reveses en su camino, sus inclinaciones homosexuales —que más tarde se verán reflejadas en su trágica pasión por el joven griego Antínoo— las ambiguas relaciones que mantiene con su tío, el emperador Trajano, hasta la muerte de éste durante su regreso a Roma tras una fracasada campaña de conquista total contra Partia, y su propio ascenso al trono, acaso impulsado por su tía Pompeia Plotina tras la aparente indecisión de Trajano acerca de quién sería su sucesor.

Yourcenar se enfoca sobre todo en el Adriano humanista cuando habla de su reinado, ya que sin rehuir a la guerra, impone una política militar más basada en estabilizar las regiones defendibles que en emprender campañas de conquista hacia territorios remotos, y por ende, indefendibles. Además pone un gran énfasis en su disfrute de la literatura, la filosofía y la poesía (sobre todo griegas) e incluso cree en una suerte de protoigualdad entre los hombres. Paradójicamente, esa ideología humanista lo lleva a enemistarse con los judíos al igualarlos, por edicto, con todos los pueblos y naciones súbditos del imperio, con lo que prohibe las tradiciones consideradas «sagradas» por ellos como la circuncisión, el respeto al sábado, y provoca el odio recalcitrante contra las imágenes de índole romana al instaurarlas entre los lugares de culto semita. Así, en los primeros años de la década de 130 se gesta una revuelta mesiánica entre los judíos, la cual tendrá cuantiosos costos para el ejército romano, significará la destrucción total de Jerusalén, de por sí en ruinas tras la represión de Vespasiano y Tito, así como la expulsión de los judíos del territorio y la desarticulación de Judea, que a partir de entonces se conocerá como Siria Palestina. Además, de esa desastrosa campaña resultará la enfermedad que lo llevará a la muerte. Por ello, durante el viaje de regreso a Roma emprenderá una especie de despedida en todos los lugares por los que pasa, y aun se dará tiempo de instaurar el culto a su amado Antínoo, quien se habría suicidado en una vertiente del Nilo emulando al egipcio Osiris. Y si bien no olvida tanto su legado entre los hombres como la importante cuestión de su sucesor, en las últimas páginas se preparará filosóficamente para su cada vez más cercano encuentro con la muerte, quien le envía implacables mensajes de su advenimiento en forma de sofocos y dificultades para respirar, al grado de escribir un último poema en su propio lecho en el cual se pregunta acerca de la próxima morada de su blanda y errante alma...

Siempre es una tarea compleja abordar la vida y obras de un personaje histórico, máxime cuando han transcurrido cerca de dos mil años desde su fallecimiento, tal como la propia Marguerite Yourcenar lo confiesa en sus notas sobre Memorias de Adriano. Sin embargo, la obra que dio al mundo —no sin haber tenido una lucha creativa que duraría muchos años— posee una belleza incapaz de ser eclipsada por las posibles inexactitudes históricas y por las «licencias de novelista» que se dio con algunos personajes reales o con la creación de personajes ficticios que sirvieran de ancla para ciertos vacíos de la trama. Por tanto, aunque puede ser etiquetada como «novela histórica», Memorias de Adriano logra trascender esos límites y colocarse entre aquellas obras elegidas para describir hasta las heces las contradictorias características de la condición humana.

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