lunes, 4 de febrero de 2019

Las olas, de Virginia Woolf



Las olas es un libro que me pone en esa clase de predicamentos que tanto disfruto: ¿es una novela? En apariencia sí, tiene siete personajes recurrentes —Bernard, Neville, Jinny, Susan, Rhoda, Louis y Percival—, cada uno con su voz —salvo Percival, que jamás habla por sí mismo, sino que es constantemente mencionado por los demás, quizás debido a su muerte temprana—; hay una línea temporal que, aunque no está plenamente especificada, se puede seguir desde la adolescencia hasta los umbrales de la vejez, y cada uno tendrá su propio desenlace, o al menos su propia anécdota. Y sin embargo, hay elementos que podrían poner en duda la etiqueta de novela en este texto: pese a que cada personaje, mujeres y hombres «habla» con su propia voz, en realidad todos comparten el mismo tipo de tono, ritmo, lenguaje, figuras retóricas; es decir, no hay matices que diferencien una voz de otra, salvo en el plano anecdótico que, además de todo, raras veces escapa de las meras generalidades. Lo anterior me lleva a otro punto que pone en duda lo «novelístico» de Las olas: el universo de los siete personajes no se desborda: son ellos y nadie más quienes ocupan todas las páginas, como si el mundo les fuera ajeno o estuviera en un segundo plano, mucho más allá de lo que se puede distinguir en lontananza, pese a que, nuevamente, cada uno aborda generalidades de su propia vida, los escenarios y personas se quedan en un boceto que sólo refuerza ese microuniverso, y entonces no surge casi ningún otro nombre o situación más allá del arroyo de pensamiento subjetivo de cada personaje, el cual siempre termina relacionándose con algún otro (si no es que con todos) de los otros seis, de manera que en ocasiones resultan indistinguibles unos de otros, algo de lo que la propia Woolf hace una especie de guiño en la parte final del libro en palabras de un envejecido Bernard, cuando reflexiona sobre el tiempo y los amigos: «[...] porque esta vida no es una sola vida, y tampoco sé si soy hombre o mujer, si soy Bernard o Neville, Louis, Susan, Jinny o Rhoda, tan extraño es el contacto de unos con otros», o bien, justo antes de lanzarse entero e invicto contra la Muerte: «Y ahora pregunto: “¿Quién soy? He hablado de Bernard, Neville, Jinny, Susan, Rhoda y Louis. ¿Seré acaso todos ellos a la vez? ¿Soy uno y distinto? No lo sé». ¿Y entonces? ¿Se puede hablar de una novela cuyos únicos hilos dramáticos se dan a través del flujo del pensamiento? Quizás a final de cuentas sea algo sin importancia, sobre todo porque tono, ritmo, lenguaje, figuras retóricas, en algún punto se arrancan la máscara y muestran un vertiginoso núcleo poético, de ritmo lleno de alusiones aliteradas a lo marítimo, a las olas, lo cual, en palabras breves y acaso silvestres, resulta más que suficiente.