viernes, 26 de diciembre de 2014

Chevengur, de Andréi Platónov



Luego de la desastrosa participación rusa en la Primera Guerra Mundial y del par de revoluciones que generaron tanto una sangrienta guerra civil como el derrocamiento del régimen zarista y la imposición del gobierno bolchevique en buena parte del país, un puñado de campesinos y vagabundos, además de unos cuantos idealistas, emprenden la descabellada y minuciosa construcción de una utopía: el comunismo perfecto, ese que irremediablemente nacerá una vez que el proletariado alcance su más alto grado de pureza tras haber eliminado a los burgueses y exiliar a los elementos residuales de las viejas sociedades capitalistas, quienes podrían enturbiar sus bondadosas intenciones con sus costumbres blandengues y contrarrevolucionarias; todo ello en Chevengur, pueblecito perdido entre la inconmensurable estepa rusa y en donde los hombres, por un curioso efecto de «felicidad socialista», serán capaces de olvidarse de sí mismos y convertirse en ideas «hechas carne» el uno para el otro, hasta que las guardias blancas, aún no totalmente derrotadas, irrumpirán en su sueño con la violencia y fatalidad de una pesadilla.

Chevengur está dividida en tres partes, si bien dicha división no está marcada formalmente por capítulos, sino por una línea de tiempo —entre la primera y la segunda parte—, y por la búsqueda y adentramiento en la utopía de Chevengur— entre la segunda y la tercera parte. Así, las primeras páginas tienen mucho de transición entre un modo de vida aún decimonónico y la entrada en la modernidad tecnológica del siglo XX. Zajar Pávlovich es quien lleva sobre sus hombros el protagonismo de esta parte, la cual recorre tangencialmente las revoluciones, la Gran Guerra y la hambruna que asoló el territorio ruso en la década de 1910 y que resultó en una gran mortandad entre la gente pobre; este apartado culmina con el rescate que Zajar hace del pequeño Alexander Dvánov, cuyo destino habría sido la muerte por inanición. La segunda parte se enfoca en la relación «padre e hijo» entre Zajar Pávlovich y Alexander Dvánov, hasta que éste último se hace hombre y entra al partido comunista como funcionario de poca valía y se pone a buscar —acompañado por Kopionkin, quien le salva la vida— el socialismo puro, el cual, según su intuición, es probable que haya nacido de forma espontánea en algún poblado perdido entre el vasto territorio de la madre Rusia. Sin embargo, al no encontrar ese sueño hecho realidad, se separan y cada uno toma su propio camino. La tercera parte se pone en marcha cuando Kopionkin escucha acerca de Chevengur, un lugar que podría albergar el arquetipo del socialismo puro, según cuentan ciertas gentes con quienes ha intercambiado palabras y miradas suspicaces. Kopionkin acude, no sin recelo, y se da cuenta de que, en efecto, en Chevengur ha surgido un socialismo «puro» desde las propias entrañas del proletariado; es decir, en un pequeño pueblo ubicado al margen del mundo se ha llevado hasta las últimas consecuencias la idea de la utopía socialista, ya que los once habitantes que quedan, después de haber expulsado o asesinado "honradamente" a toda la burguesía, emprenden el sueño de abolir el trabajo y compartirlo todo, incluyendo a la miseria, así como a Klavdiushka, la única mujer que ha permanecido para alegrar los sentidos de los camaradas. Así, Kopionkin, Dvánov y los otros chevengureños vivirán allí olvidándose de sí mismos y buscarán la manera de huir a la tristeza que emana de la «perfección comunista» mediante absurdos e inútiles esfuerzos por generar una tierra prometida.

Sin bien en la novela seguimos los pasos de unos diez personajes, los principales son:

Zajar Pávlovich 
Es un adorador de las máquinas y un estudioso de la técnica que ha logrado darles forma. Es capaz de crear e imitar cualquier artefacto de uso práctico luego de haberlo examinado desde todos sus ángulos. Sabe que la gente lista nunca ha traído cosas buenas, por eso desconfía de los gobernantes, gente listísima, en efecto, pero siempre acarreadora de desgracias para la gente común. Cuando funge como técnico de ferrocarriles encuentra azarosamente al pequeño Alexánder Dvánov, quien ha comenzado a mendigar por la hambruna gracias a que Prokofi —su hermano adoptivo, demasiado maduro, realista y endurecido pese a su edad— lo orilla recorrer los caminos del mundo con el noble y melancólico oficio de la mendicidad. Una vez que Zajar Pávlovich lo encuentra, gracias al propio Prokofi, un cambio se operará en su ánimo, ya que dejará de admirar a las máquinas por sobre los seres humanos y la piedad hará que adopte a Dvánov y además lo ame como si lo hubiese engendrado con sus propias entrañas.

Alexander Dvánov
Hijo de un pescador cuyo mayor logro en la vida fue aventurarse al fondo del lago Mútevo sólo para conocer la muerte de primera mano y, una vez saciada su incurable curiosidad, resucitar tranquilamente, cosa ésta última que, por supuesto, no logró. Ya como un huérfano más en la vastedad rusa, Dvánov es adoptado por una familia con varios hijos y, poco después, es orillado a la mendicidad por Prosha, el mayor de los hijos, una vez que en el horizonte se ven los indicios de una terrible hambruna que asolará a los ciudadanos más frágiles. Sin embargo, de ahí lo rescatará Zajar Pávlovich, quien lo cuidará con la misma abnegación que habría usado en un hijo constituido con su propia sangre. Con los años Dvánov se volverá un estudioso, un idealista, y posteriormente se afiliará al Partido Comunista, en donde se le encomendará la misión de explorar las vasta tierras rusas con vistas a instaurar el comunismo. Ahí se encontrará con el vigoroso Kopionkin, quien le salvará la vida y lo acompañará en una búsqueda de la perfección comunista tanto azarosa como inútil.

Stepán Kopionkin
Nómada fuerte, vigoroso, valiente, idealista e incapaz de hablar de forma fluida por más de dos minutos, recorre vastas porciones de corteza terrestre montado en su robusto caballo Fuerza Proletaria —una bestia más constituida para transportar en su lomo troncos de árboles que seres humanos y capaz de comerse la octava parte de un bosque joven por sí misma—, Kopionkin está a la busca del comunismo perfecto, ése que habrá de nacer por sí solo en algún lugar en el que los proletarios hayan conseguido deshacerse de la burguesía y así purificarse de sus contaminantes costumbres. Merced a su fuerza proverbial salva la vida de Dvánov cuando éste cae en manos de anarquistas amantes de los bienes ajenos y desde entonces ambos se hacen amigos y recorren las benditas tierras rusas en busca de poner en marcha, incluso mediante la fuerza, las enseñanzas de Marx y Lenin. Kopionkin está enamorado hasta la médula de Rosa Luxemburgo, y recorre los caminos con su retrato cosido en el forro de su gorra como una especie de estandarte en su cruzada contra los burgueses y falsos comunistas. Y como arquetípico hombre de acción, languidece y cavila sin rumbo cuando en Chevengur encuentra que ese sueño tan anhelado se ha convertido en una inactividad serena, melancólica e infértil, si bien el destino al final le concede una muerte digna de sus ideales. 

Prokofi Dvánov
Compartió algunos momentos de la infancia con Alexander Dvánov cuando éste fue adoptado en su familia. De inteligencia pragmática, sabe que la adopción de Sasha sólo traerá más preocupaciones a su familia, de por sí destinada a perecer por hambre, por lo que no duda en arrojarlo en manos de la mendicidad y así dejar que construya su propio destino, si es que alguno le aguarda. Con los años su pragmatismo cínico se desarrollará acarreándole pocas recompensas afectivas y se volverá el ideólogo preferido de Chepurni, cuando ambos se embarcan en la desquiciada empresa de construir la utopía comunista en Chevengur. Sin embargo, Prokofi nunca está convencido del todo con el comunismo, sino que tiene la costumbre de remar siempre hacia donde sople el viento con la intención de adaptarse y beneficiarse, por lo que cuando todo parece ir viento en popa, comienza a construir una serie de sueños que, con el advenimiento del final de la utopía, se desbaratarán entre un paisaje de tristeza interminable.

Chepurni
También conocido como "El Japonés", debido a sus rasgos mongoles, es el jefe del distrito soviético de Chevengur. Chepurni posee un gran pragmatismo, si bien carece de una inteligencia que haga una buena pareja con dicho pragmatismo, y para eso se vale de Prokofi, su consejero, quien expone sus descabelladas ideas acerca del comunismo a sabiendas de que Chepurni no sólo las aceptará, sino que las ejecutará con un celo sólo explicable por su total ausencia de materia gris. Pese a todo, el alma de Chepurni no está dominada por la maldad, sino que está en busca siempre del comunismo perfecto, y por eso ordena y él mismo actúa en el honrado y reglamentario asesinato de las clases parasitarias (burgueses) y en la expulsión de la canalla residual (huérfanos, viudas, etc.), todo con el fin de que Chevengur adquiera una pureza proletaria que lleve a la felicidad común; además proclama al abnegado Sol como único trabajador permanente con el fin de abolir las actividades innecesarias para los ciudadanos de Chevengur. Así, todos pueden comer por igual los productos de la tierra y pueden solazarse en una ociosidad sin límites; abre las puertas de Chevengur a un puñado de vagabundos para que contribuyan al sueño comunista, e incluso su magnanimidad alcanza para consentir en la llegada de mujeres, a condición de que sean magras y con pocas sinuosidades, es decir, aptas para convertirse en camaradas más que en fuentes de deseo entre los hombres.

Andréi Platónov, que jamás pudo ver Chevengur en forma de libro (se publicó en Rusia por primera vez en 1988, casi cuarenta años después de su muerte), emprende con esta novela una alucinante obra maestra en la que conviven sin esfuerzo un desfile de personajes arquetípicos e inolvidables, el idealismo de una causa que tal vez sospechaba perdida, y un estilo impredecible que, como monstruo mítico, alberga rostros que deambulan entre la épica y la sátira, entre la poesía y el humor feroz, con un realismo que al mismo tiempo es capaz de albergar al más delirante absurdo, rostros todos ellos que confluyen en uno solo cuya melancólica mirada llegará hasta las pupilas mismas del lector con el tono y la entrañable sabiduría de las leyendas ancestrales rusas...

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