viernes, 31 de julio de 2015

Robinson Crusoe, de Daniel Defoe



A la manera de un Marco Polo sin la cabeza tan llena de mitos y leyendas, Robinson Crusoe nos narra la historia de cómo durante su primera juventud es acosado por un ansia inexorable de conocer el mundo, lo que lo irá orillando a salir de la comodidad y medianía de la casa paterna en busca de aventuras, las cuales, por cierto, no tardarán en aparecer bajo la apariencia de las más extravagantes desgracias. Así, luego de ser sorprendido en alta mar por un barco pirata es reducido a la esclavitud, y aunque logra escapar y llegar al Brasil, en donde compra una plantación, más tarde emprenderá un viaje comercial que significará no sólo un naufragio tras una horrible tormenta, sino luchar por salvar su vida y arribar a una isla desierta, en donde vivirá en casi completa soledad por veintiocho años. 

Esta es la parte más recordada de su aventura, ya que la minuciosidad con que describe esa impensable cotidianidad cuyo principal objetivo es la supervivencia resulta tan emocionante como angustiosa, sobre todo cuando se percata de que cada tanto arriban a su isla lanchas repletas de caníbales que dan rienda suelta a sus monstruosos ritos de guerra, en los que el clímax llega cuando devoran a sus prisioneros. 

Y es a propósito de esto último que Defoe muestra ser un hijo de su época: Viernes, el aborigen caníbal rescatado por Crusoe, no puede sino ser su criado, no sólo por su condición de “inferioridad” moral y social, sino por tener ellos, los ingleses (y los europeos por extensión) el derecho del colonizador, es decir, el derecho de tomar tierras y seres humanos e imponerles su supuesta superioridad civilizatoria, en aras de su propio bien, por supuesto. Y lo mismo sucede cuando habla de sus tierras en el Brasil, que logra recuperar tras escapar de la isla y que le rinden cuantiosos dividendos, ya que el tema de la esclavitud es visto como algo natural cuando se habla de las expediciones al África para la recolección de esclavos, de las baratijas con que los seducen a cambio de su fuerza de trabajo, en fin, la visión racional y sabelotodista de gran parte de Europa durante el Siglo de las Luces. 

Sin embargo, si bien Robinson Crusoe refleja una visión moral que hoy resulta anacrónica, no se empantana en aleccionar al lector, sino que sigue el incansable recuento de sus aventuras: luego de ser el único sobreviviente en la isla desierta, se convierte en el gobernador de una pequeña colonia compuesta por nativos, piratas ingleses y náufragos españoles, regresa a su patria, en donde tiene esposa, hijos y el espejismo de una vida sedentaria que, una vez muerta su esposa, dará paso a un nuevo nomadismo recalcitrante. Es así que, disfrazado con los atavíos de un comerciante, emprende nuevos viajes ahora hacia los mares del Índico, con lo que llega a Madagascar, al Golfo de Bengala, adquiere un buque manchado con crímenes, lo que provocará una persecución a muerte, como si de un cruel pirata se tratara, y entonces deberá huir a la parte más oriental de Asia, a los mares de China, donde describe, no sin burlas condescendientes, el esplendor de ese imperio que inflamara la imaginación europea durante muchos siglos. De ahí su regreso a Europa por tierra a través de China, el vasto campo tártaro, Rusia y su final arribo a Inglaterra, lleno de riquezas, vejez y aventuras.

A decir de J. M. Coetzee en su prólogo, Defoe tuvo el deseo de que esta novela perteneciera al ámbito de la Historia, pero lo que logró fue hacer que perteneciera a la esfera del mito, al nicho de los libros fundacionales, en este caso de la novela moderna inglesa, ya que sus personajes se han vuelto parte de la conciencia colectiva entre las sociedades de habla inglesa (un poco como sucede con el Quijote y Sancho entre las naciones de habla hispana). Por eso, al hablar de sus anacronismos morales, insistí en que, si bien pueden ser un tanto molestos en pleno siglo XXI, no se convierten en obstáculos insalvables a la hora de disfrutar todo el cúmulo de aventuras que contiene, lo que inclusive lo emparenta con libros tan canónicos como Las mil y una noches, o el Libro de las maravillas, de Marco Polo.

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