
El punto esencial de la novela es la imposibilidad de alcanzar la verdad hasta en un mínimo acontecimiento, porque después de que Miguel del Solar comienza a entrevistar a los personajes que en aquel tiempo estuvieron involucrados directa o indirectamente con el crimen, se da cuenta de que algunos parecen ser veraces en su relato, aunque siempre les queden cabos sueltos; algunos otros resultan bastante poco confiables y otros más, absolutamente falsos o ambiguos.
Va tras los testimonios de su tía Eduviges, una “mujeruca” arribista y jactanciosa que antepone siempre a sus relatos un tufillo de narcisismo trágico y ramplón, debido a que su hermano, una especie de conspirador, resulta ser uno de los principales hilos del misterio. Visita a Delfina Uribe, protagonista en el mundo intelectual de la época, que también resulta ser la madre de uno de los heridos la noche del crimen. Ella misma es quien dio la fiesta que más tarde derivó en el altercado. Escucha a su propia madre relatar una escueta versión de los hechos. Sin embargo, a cada momento descubre, después de cotejar sus indagaciones, que la mayoría de los entrevistados le han mentido, aunque no podría asegurar hasta qué punto. Su propia memoria infantil le juega bromas en las que la veracidad de sus recuerdos se pone en entredicho.
Del Solar sigue con las entrevistas. Descubre que Ida Werfel, una dudosa intelectual alemana, fue la involuntaria chispa que encendió el tropel de malentendidos de aquella noche de noviembre de 1942. Y todo a partir de una intertextualidad que resulta ser un guiño significativo por parte de Pitol: según las indagaciones del historiador, en aquella noche se hablaba de La huerta de Juan Fernández (comedia de equívocos de Tirso de Molina), de la picaresca del Siglo de Oro español, y de la extraña e inesperada relación que hacía la propia Werfel de aquella lejana literatura con algunas funciones escatológicas del organismo. Martínez, el ayudante del tío del historiador, una especie de matón y chantajista a sueldo, siente que la alemana está haciendo burlas de su vergonzosa enfermedad y le propina una paliza en plena fiesta ante el desconcierto general. Poco después, en medio de la alharaca, vendrían los disparos afuera del edificio en donde moriría un austriaco de apellido Pistauer y resultarían heridos el hijo de Delfina Uribe y otro sujeto que acentuará el tufo de malentendidos en el que discurre la novela: el enigmático Pedro Balmorán.
Ante el resquebrajamiento de las certezas, Del Solar empieza a sospechar la total banalidad de sus indagaciones. Y quizá la única verdad que descubre, en medio de aquel juego de disfraces, es que ese tal Martínez parece ser una especie de orquestador en medio de toda aquella procesión de personajes que no dejan de desdoblarse y mostrar una nueva cara, incluso contradictoria con las anteriores; es el comodín que encaja en todas las versiones que escucha. Y es a él a quien otorga el papel de “bastonero de oro” en el variopinto desfile del amor.